martes, 15 de diciembre de 2009

Idílicos - En la banca ...

Me encontraba paseando tranquilo junto a un parque, y meditabundo me senté en una banca, mientras oía el lejano vaivén de las olas, contemplaba la danza alegre de las ramas de un árbol al son del viento, con la radiante luz que enfocaba su hidalguía. Parpadeé un instante y pude percibir frente a mí un girasol que florecía al ritmo de esa música silenciosa que me entretenía. En el cielo azul, recordaba tiempos pasados que fueron mejor y mi estancia presente que, atesoraba nunca olvidar. Ignorando por un momento mis pensamientos, el eco resonante de las aves descendía suavemente hasta mí, como lo haría sentir a cualquiera que deseara escucharlo, y me hacía sentir su delicada imponencia, la misma que sentí la última vez que pasé por allí, aquella vez que me dirigía a saludarla por su cumpleaños, con una gran sonrisa en los labios y un deseo ardiente del más puro en mi interior. Ese dichoso momento que yo recuerdo con cariño, pues fue en el mismo lugar donde estaba sentado cuando mis expresiones desbordaron mi dulce afecto a su ser. Pareciera ser ayer, aquel cautivante mirar de sus ojos tan claros como el agua que me recibieron acompañados del palpitar de sus labios, que habiendo compartido algo nuestro, sellaron definitivamente un camino nuevo entre ella y yo.
Tan singular encuentro me hizo correr de alegría hasta cuando nos volvimos a ver, sentados donde yo estaba, admirando juntos la vida en el parque, vaticinando la suerte que tendría el árbol que creció con nosotros, si seguiría fiel nuestros pasos o permanecería poco tiempo de pie. Muchas veces nuestros sentidos nos quisieron sembrar varias dudas a nuestro alrededor, que ella disipaba fácilmente con su sonrisa y ahondaba con firmeza en mi confianza. Algo sincero crecía dentro de mí, con sólo percibir su presencia y evitar su ausencia; todo lo demás era maravilloso y exquisito, tan cálido y placentero la redundancia de su nombre y la monotonía de mi mente.
Los días y las semanas, testigos de cada paso que vivimos y compartimos, como el dulce goteo del rocío impregnado en las hojas que veía mientras seguía sentado en la banca, observando como cual cine los recuerdos que desfilaban delante de mí.
Elevando mi pesada mirada, una sola hoja se desprendió de su rama, aquella que le daba vitalidad, y volviéndose débil solamente se abandonó hasta posarse en el pasto, verde y oscuro, el color del vestido que usó en la ocasión que se me acercó y me sentó en la banca con un estupor en su rostro, lo recuerdo muy bien, aquello no me dejó ver su sonrisa que me sobreponía a las adversidades mundanas, descubriendo que en el fondo te buscan hasta ubicarte, lo que me sucedió esa tarde fue común al mundo, me declinó la decisión que su familia había tomado al respecto; tanto tiempo hace que recuerdo de sus labios el temible “lo siento” seguido de “mudanza” y un “lejos” de mí. Fui comprensivo espontáneamente con ella, pero no lo fui conmigo por dejarla irse, sin mediar si quiera alguna esperanza de verla, únicamente la fuerza de quererla me alentaba a pesar de la rareza del momento. El malestar no me dejaba y tuve que ir a despedirla, no pretendía ser doloroso, pero sí profundo, pues quise mostrar lo que se forjó en nosotros y que parecía tan sublime, cada uno atinó a responder con la mirada, aquella vez, desde que la conocí, tenía humedecidos los ojos, los mismos desbordantes cual caudal de compasión y cariño. Esa misma noche, vi su silueta al doblar la esquina del parque, hasta que la perdí en el tránsito, y el silencio apareció como un relámpago y toda bulla cesó. Pensativo quedé, de cuánto había durado mi sordera, y el esfuerzo que me costó recobrarla, al mismo tiempo que me levantaba de mi banca, podía notar desde el parque la nueva familia que vive en su casa: una linda pareja con dos hermosos bebes. No me daba mas que imaginar lo maravilloso que hubiera sido compartir una familia así como compartimos un afecto mutuo, juraría que tan fuerte como lo recordaba lo continuaba sintiendo.
Toda esa añoranza me entristeció y me estaba regresando cuando al pasar junto a ese girasol solté en llanto; le di uno en su cumpleaños, el día que me declaré, en el día de la mudanza y el día que la visité en su refugio silencioso.

1999

No hay comentarios: