En la fugacidad de la vida, una cruel y dura espina vino a clavarse en mí, que no pudiendo adherirse me desgarra el corazón esperando que la herida pida abrirse más y más, con lo que las lágrimas intentan cicatrizarla y cobijar a la triste espina que caída ha quedado ya.
Y enfrente de las desgracias, la barrera de la indiferencia no soportó el peso de los lamentos atraídos por una lejanía que no se observa en alta mar, pero que se hunde poco a poco mientras el barco avanza.
El barco desesperado anclará y fatigado se dejará arrastrar por la huella quien la marea deje hacia los recónditos lugares del recuerdo.
Empero, siento paciente, que la adversidad más dura correrá sutil ante los clamores de cariño, con un susurro lamento, espero tranquilo, él entiende.
2001
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