martes, 14 de octubre de 2008

Pequeñeces IV

Estábamos confiados en nuestras casas, él no puede entrar. Eran nuestros rostros los que su fisonomía aterrorizaba, él no puede entrar. Tumbó la puerta para ingresar y la huella de socorro él seguía, que nuestros pies querían dejar.

El sufrimiento ya cesó, la reconciliación busca ayuda para encaminarnos con el padre abandonado, la tierna, la dulce sensación de un ánimo enardecido.

Oh, Dios sin dios, luna sin luna, padre sin padre, ven por nosotros que permanecemos junto al faro más alto. Y cuando navegabas muy cerca, el aliento de soledad abrió un enorme y extenso barranco, para que el mar se hundiera y tú seas devuelto injustamente, los idólatras n desean tu reencuentro.

Por eso, salí de los brazos que me mantenían, dejé la manija atorada y corrí con brincos ante los obstáculos. Me humillé con quienes me abrieron las entrañas sin cara de valor, sin importar que mi alma se haya convertido ante mi señor y sus ojos se hayan esclarecido.

Frente a un dios que no escucha, por lo largo de la barrera, volví mi mortalidad por nuevos segundos de mi tiempo que se agota, no olvido de lado mi raíz y fruto, de donde soy y estaré contigo, padre.

1998

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