Lo miré a los ojos vacíos y llenos, con una paradoja que se veía fuera del abismo blanco emergiendo suavemente. Lo cubría y me envolvía, se adentraba y sentado frente a mí, mi nombre se desvanecía por el viento delgado.
Sentí profundamente su estupor en mi rostro, cuando intentaba arrancarle la piedra sombría carcomida por esos crueles pensamientos que mi corazón arrebata.
Las pisadas permanecían hundidas en el barro ante la lluvia que cicatrizaba la pena de ser recogido solo, junto con los interminables días. Porque la bala que perforó el llanto de vida continuó feliz hasta mi partida.
1998
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