Ser pobre de espíritu, imperecedera miseria de dolor, la desconcertante fragua del horror que devora malicia y engulle verdad, auspicia un monstruo invencible, tan firme como la montaña, tan hábil como el viento, tan constante como el tiempo.
Una tormenta de inseguridades se posó sobre mí y junto con la resaca de la esclavitud golpearon al unísono en mi turbulenta claridad que temí perder sin encontrarse defendida o ser consciente de mi pura traición.
Pensé que había conseguido hacer crecer un escudo, un muro, una cámara protectora que surgiera pesadamente; mi postura frente a ello se fijó como una argucia, como la necedad al gato; por qué esperé cultivar un vástago inexistente, no pudo nacer, menos crecer.
Áridamente estuve anclado en mi terquedad, mi éxodo resultó inmenso, mi desaparición no se ocultó de aquella flagrante necesidad y coerció de alguna forma mi rectitud.
Desde lo alto de mi quietud, un relámpago vertiginoso alumbró un altar, y cerca de él escuché una cruz de metal, mi reflejo en aquella visualización me incentivó a levantarla. Su peso entumecía mis brazos y el cansancio en mis piernas restregaba el suelo, me exhorté a abandonar la inherencia de la causa para reconocer mi descalabro.
La inclemencia de la ingratitud, me persigue como condena al desistir mi sumisión, el laberinto natural que me rodea captura cualquier suplicio que ocasionalmente se empoza para enriquecer mi deficiencia humana.
Lástima es lo único que siento, sin embargo dulces auroras me acercan a diversas reflexiones, y me hacen extrañar un beso como una curación que me auxilia, única manera de refutar mi sordidez, ante un muro bañado veleidosamente de inmoralidad, un gran vértigo no abandona la superficie de incomprensión que se había depositado por la monotonía y deslizado en mi amargura como un recordatorio penetrante y sublime.
El cráter originado del instinto se oculta vagamente, imitando al propósito de enmienda de cualquiera que distraído solamente observa el rastro criminal que le pertenece, porque sabe que hilar o devanar un río de misericordia es absurdo si destrozas tu barca; definitivamente el corazón se transforma en una alhaja vacía, frágil e insignificante, una descripción fisonómica del horror llamado culpa, que ingresa a tus dominios como un viajero curioso.
Más que un grito de auxilio o un intento por desmembrar las maldades del alma, que impregnándose como óxido se aferran; el estremecimiento es notable, frente al mismo estanque rojo que una vez crucé; prefiero bordear la delicada fragancia que me tentó y materializar mi orgullo como fuente de mi honor, que pretende escarbar en la inocencia.
2000
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