domingo, 15 de febrero de 2009

Pequeñeces XVIII

Ser ateo indiferente, sin siquiera con convicciones, algo que no se espera como la fe que no penetra ni funda sus intenciones en un templo abandonado por una agonía asfixiante. Dudoso fue a confesarse, no arrepentido, sin conciencia, pero sabe que lo purifica y lo enaltece, no basta ser hidalgo para adentrarse en sí mismo, algo que no se preocupa en rescatar como por el denominado Cristo, que varias veces escuchó nombrar cerca de su presencia sin notarlo. Con cáscara de cristiano, su catolicismo se suelda por el amor paternal y arriesga en el juego para ganar, se arriesga todo porque sino no se gana, en esta apuesta en que se escoge como becerro que camina hacia delante porque no se preocupa en voltear y no le interesa en tomarse esa molestia si ve a todos sin reflexionar.

No gime ni muere en tener espiritualidad profunda, el canto que lo llena; el gozo que lo alegra, el pecado que lo tienta y el mal que lo hace bueno.

¿Qué es correcto en una vida limitada por un ser que no puede continuar y dichoso que debe ser? Concretarse a la interrogante deja a la naturaleza divina por los aires y en determinadas ocasiones lo que mantiene vivo a uno no es estar sin vacilaciones, ni su materia gris, ni sus sacrificios para con los demás, es la entrega de la gracia que quiere nacer en él pero no encuentra tierra firme donde posarse.

1998

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