Sin distinciones de condiciones sacude al mundo y sin invitación puede dejar caer un viejo eslabón que se pudre reclamando dejar su ser oxidado por el terrible dolor de quienes lo sostienen.
Mal que aborrece toda modestia no se percata de las gárgolas, lento, conciso, desciende por el padre hacia el urás provocando espantos y dejando lamentos atrás.
Es el último horror del hombre el que ha de acecharlo como presa preferida, lo que justifica el exilio total del edén y el martirio tradicional que es parte de nuestra herencia vital alrededor de este círculo atrayente de un estado magnánimo con la simpleza suficiente para fijarse en el tiempo que tiene que parar para cada ente del Señor.
1998
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