lunes, 25 de enero de 2010

Idílicos - La chica de los ojos pardos

¡Ah! Bendita suerte los que no han aprendido a amar!
No lamentan el amar sin ser amado, o haber entregado su voluntad a un ardiente sentimiento.
Surgió en mí como relámpago directo del sol, como si mi mundo empozara a girar y que una fuerza cósmica se centrara en una sencilla figura.
Sorprendido quedé por la fugacidad caótica intrincada que me abatía, y lentamente, por más que encontrara razón alguna, brotaba algo desconocido en mí.
Visualicé mi espejismo, como un jardín extenso, sin brillo, que necesitaba esa flor, tan dulce, tan bella, para revitalizar su color y fulgurar mi alma.
Tan identificado me sentía, que empecé a sonreír más a menudo.
Su delicada y firme silueta, que adoraba visualizar, quedó grabada en retina porque podía observarla y contemplarla cuando pensaba en su nombre.
Aquella primera vez, la miré con un “te necesito”, tratando que de mis labios se pronunciara, pero estos temblaban como si estuvieran frente a los suyos.
El sello de su sonrisa continúa grabado en mi corazón.
Mi sangre hervía cuando ella si quiera me devolvía la mirada, un temblor de latidos me sacudía cuando su voz atendía mi interés, y verdaderamente mi piel aseguraba que por nadie más lo sentía.
Me enamoré de ella sin quererlo, me enamoré de aquella chica de ojos pardos y blanca sonrisa, que me lleva al paraíso siendo impío a la tortura de mi corazón, porque este me rechaza y resquebraja mi pecho para salir de mí.
Pero que tan necio se puede ser, para escuchar un tic que proclama su nombre y pregona mi rigidez que remueve cada centímetro de mi cuerpo.
Qué desdichado soy, por no poder entregar afecto, con destinatario y remitente, que se infla como globo con el paso del tiempo.
La soledad constituyó una fuerte agravante, y mi problema adjudicaba mi falta de control, pues varias oportunidades se desvanecieron al permanecer a su lado, a escasos centímetros de su ser, pues en esos tan agradables ratos mi corazón gobernaba mi ímpetu y para mal de culpas, éste sólo sabe latir.
Pienso mucho en ella, como si no la hubiera olvidado cada segundo de mi propia existencia, por delirio de felicidad, mi mente intranquila no deja de mostrar su hermosa imagen que acostumbra cautivar mi esencia.
Qué sórdida estupidez me desvela en las noches, que me pide acongojadamente que escriba su bello nombre en cada instante de desesperación, y no tengo deseos de arrepentimiento de algo tan honesto, puro y excelso.
Jamás imaginé un “ella es”, navegando entre ella y yo, rebotando en mi cabeza, pero esta extraña experiencia se intensificó con mi angustia y llamaba a nacer un final romántico como el cruce entre los senderos de nuestros caminos.
Por eso estimado lector, no hay un predeterminado marco romántico en las líneas anteriores, mi único deseo fue exponer un “te quiero” clavado en lo hondo de la fuente de mi amor.
Me enamoré sin quererlo, me enamoré de aquella chica de ojos pardos y en lugar de pedirle a la estrella de mis ojos un giro rápido en el viento o una llamarada en el firmamento; una lágrima por cada beso perdido y una salvación si no sucumbo en sus brazos.

2001

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