lunes, 5 de octubre de 2009

Idílicos - Calma

Se puede presentir el temor de una persona, que a veces temerosa no está, cuando no gime ante el dolor o deseosa de enojo no quiere revelarse tal como es, porque está molesta, consigo solamente, aunque aparente una mirada con desprecio, le es injusto irradiar eso a sus semejantes pero su alma no resiste más.
Escapar suena fácil y tentador, pero el enfrentamiento frente a la realidad nos hace explotar dentro, y mientras las entrañas se restriegan en una vano intento desesperado por sanar, la bestia continuaba en alimentarse, y no pretende hacerla crecer, sin embargo, mientras más se resiste, ni siquiera la ira consigo mismo por dejarlo libre extingue el llanto de ser usado, pero es algo que nació de su propio corazón.
Ser hipócrita sin tener la intención, eso es grave, para quien no confiesa su debilidad y endurece la entrada al espíritu de gracia.
Cómo se puede mantener la paz en un interior cubierto en cosechas putrefactas, porque no secó la mala lluvia de conciencia. No saber qué actitud tomar, si seguir siendo manipulado o erguir la mirada con bravura.
¿Qué hacer? Si ni dignidad de juez, puede tener, aunque la condena lista le aguarda, ni una paloma se acercará otra vez, porque fue capaz de engendrar crueldad y odio sin desecharlos.
El peso de la angustia, es descubierto por el destructor, que nos busca, solamente temerán los que le muestran su rostro, enjuto, magro, sin desprender la mirada al cielo pero con la cabeza inclinada con desdén. Si preguntan no sabrá responder, creo que tan oculto está para lastimarlo de semejante manera, que no precisa su existencia.
Así en el reflejo de sus ojos, me encuentro atrapado, y mi categoría como observador ya no es pesimista, porque soy ahora el agraviado y el propio capitán, la flor de la semilla que de las raíces se impregna a la vida, la luna que por el sol ama a su tierra.
En pleno ártico, aspiraba entrever una revelación que ascendería en contra mía, para no alimentarse más de complejos, sino extraer el último sentido de arrepentimiento.
Con la señal advertida, el brazo herido, las lágrimas profundas, el escozor enardecido y la palidez apabullante, acudiré al recurso final que yo mismo puedo usar ante las desavenencias de mi hado.

2001

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