lunes, 8 de febrero de 2010

Idílicos - Mártir Desconocido

Regresaba de un largo viaje cuando recibí su carta; me contaba que se sentía mal, supuse por una pérdida reciente, pero algo me incentivó a visitarlo.
Al tocar su puerta, me acogió efusivamente y sin dejarme hablar, me invitó a cenar con él.
Desde que viajé habían ocurrido varias cosas, y una a tras otra me las platicaba mientras digería sus alimentos; estaba alegre, y era ese entusiasmo tan familiar lo que me infundía confianza de saber que estaba en casa.
Prematura fue la sensación de alivio cuando su rostro declinó; sobre mi atónita expresión de espanto, lo atendí lo mejor que pude y solicité que un médico lo examinara.
Admito que un cambio se inició desde aquel momento, mi preocupación creció con cada llamada al doctor y su actitud se tornó negativa.
Pasaba casi todos los días con él. Mientras que su mente se disparaba tan lejos como el ánimo lo hacía delirar, encontré que se decepcionó de su orgullo sin recurrir a esfuerzos por recobrar aliento de alguna de esas motivaciones que lograron escudarlo.
No contó a nadie mas que a mí su problema, y después que las recaídas lo mandaran a la sala de emergencia supimos que la próxima vez no saldría más...
Pronto un lamento lo calmó, al menos se atenuaron sus sufrimientos aunque se sentía la incómoda lástima del abandono.
Habiendo ignorado la pesadumbre que cargaba, se encontró como alpinista ante el no titubear, ya que era peligroso avanzar o retroceder.
Continuamente me sorprendía su coherencia, esa simpleza con que veía el mundo y que ciertamente marcaba su destino, porque te embriaga la necesidad de comprenderlo todo, mientras que él aceptaba el placer de desconocer su propio porvenir. Resultó que el infortunio no lo buscaba, sino que se tropezó con él, que su audacia no se limitó a sobreponerlo y luego de esa caída no volvió a ser el mismo.
Su inquieta mirada me permitió reconocer a un sentenciado que indaga en una profunda paz; aunque sus temores, dudas e inseguridades se sumieron en un gran misterio.
En ocasiones presencié su invalidez, justo cuando parecía lidiar en contra de su cruda incorporeidad. Tanta rabia, tanta pena, desencadenó lo que a mis ojos llamaría amor, a la vida, a su vida, a la eternidad, una nota faltaba porque indefinida queda la nostalgia de un milagro que el impaciente no percibe y el desesperado no encuentra, hoja marchita que sucumbe al vuelo de la navaja para brotar como retoño, no entiende que su mortalidad anida en su verdor.
Sospeché que juntos aquella infame se alejaría, que el vigor por no decir nuestra unión desbarrancaría la felicidad que su propio ser requería.
Lo he acompañado casi toda la vida; aprendí de él la franqueza, tanto al hablar como al actuar, y el compañerismo, el cual me jaló a seguirlo después de una conversación que no se conformaba con el diálogo grato.
Aferrándose al barullo de las aves, acompasaba sus pasos con los míos y ateniéndose al momento, se detuvo.
“Sólo quiero vivir”, me dijo, mientras frente a la orilla del mar su mirada agitaba las olas que ahogaban su pena, nunca había visto una voluntad tan decidida, a prosperar sin complicadas maneras de hacerlo, ambos sabíamos que el resentimiento ya no tenía importancia, pero tampoco se podía repeler toda la tirria que se estancaba como cadena con bola de hierro. Cogiendo una piedra la lanzó contra la marea del mar intentando calmar su vitalidad. “Ves no interesa que tan fuerte arroje la piedra, al final siempre se sumergirá en el fondo de las olas”. Ocultó sus manos en los bolsillos como reo inocente que no pretende más que su libertad, y con disposición a no voltear su rostro me dijo que: para la piedra la apatía frente a su suerte es siempre la misma, porque sea el agua o el viento quien la erosione es indemne de cualquier arrebato, impetuosidad o vehemencia.
“Tal vez esperé mucho de la vida, tal vez busqué en la soledad el consuelo, tal vez caminé indignado sin reconocer una gota de autodeterminación; realmente estoy confuso, abrumado y... muy asustado”.
Entiendo que la vida hizo todo lo que podía por él, gracias a ello aprendió a pensar en los demás, a querer lo más simple de la naturaleza; y si yo no hubiera conocido, no hubiera conocido el gran amor que por los animales él tenía, una adoración contemplativa a cada personaje tierno que reconfortaba su existencia.
Desde el inicio no palideció, fue el conflicto interno lo que lo atemorizaba hasta que un día cesó, y de manera inclemente mientras horrorizado observé su espasmo final, ningún estallido singular escapó de su inopia.
Al verlo, permanecí tan inmóvil como él, como si quisiera que fuera una pausa en el tiempo, o para no dramatizar aquella escena que empezó a conmoverme, pues por más que lo evitara, me sentía identificado con su persona, porque aún podía oír su voz cuando nos conocimos, el discurso que pronunció durante su graduación, y el vigor ante la incomprensión no tenía sentido, su silencio me obligó a bajar la cabeza.
Cuan dura puede ser la esperanza, cuan sórdido el anhelo por salir, cuan triste el deseo de ser escuchado, o fácilmente un gesto resquebrar el alma.
Varias preguntas dieron en mí como flechas, sabía que clavadas estarían hasta mi sepultura y que pronto su ausencia me destrozaría, porque yo mismo llegué a compartir algo que no era mío y a enfrentar una resignación.
Los meses me hicieron comprender las plegarias que me pidió hiciera por él, la alegría de cuidar a las figuras tristes que permanecían parcas en su apartamento, sus inquietudes y determinaciones, y si bien él no quiso aceptarlo, consiguió explorar su propia identidad libre en el mundo.
Solamente se desplomó frente a mí, y más que habiendo llegado a mi ser como una vida, trascendió como toda una generación.

2000

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